De una vinería a una picardía de barrio
Corría 1919. En la esquina de Boedo e Inclán, un inmigrante turco abrió una vinería para vender vino suelto a los parroquianos del barrio.
Todo iba bien, hasta que un día el gobierno decidió que los días de partido no se podía vender vino a diez cuadras a la redonda de ningún estadio. Y el Viejo Gasómetro de San Lorenzo quedaba justo ahí, a metros.
¿La solución? Los vecinos empezaron a tomar el vino en tacitas de té. Para el ojo de cualquier policía, parecía una vuelta de mate entre amigos. Para el que sabía, era la picardía más porteña que existe.
De ahí el nombre. Cien años después, la picardía sigue siendo la misma: pedís desde cualquiera de las tres esquinas, y te llega de las tres.



